Cuando
sé que he sido elegido, soy consciente de que se me ha visto como
a una persona especial. Alguien se ha fijado en mí en mi calidad
de persona única, y ha expresado el deseo de conocerme, de amarme.
Cuando te escribo esto de que, como amados, somos los elegidos de Dios,
quiero decir que hemos sido vistos por Dios desde toda la eternidad, y
vistos como únicos, especiales, unos seres valiosísimos.
Desde toda la eternidad, antes de haber nacido y de haberte convertido
en parte de la historia, existías en el corazón de Dios.
Mucho antes de que tus padres te admiraran, y de que tus amigos reconocieran
tus dones, o tus maestros, o tus compañeros de trabajo y empleados
te animaran, ya eras un elegido. Los ojos del amor te habían visto
como muy valioso, de una belleza infinita, de un valor eterno. Cuando el
amor elige, lo hace con un perfecto conocimiento de la bondad única
del elegido, y lo hace, consiguiendo al mismo tiempo que nadie se sienta
excluido.
Nos
enfrentamos aquí a un gran misterio de orden espiritual: ser el
elegido no significa que los otros sean rechazados. Es muy difícil
pensar así en un mundo tan competitivo como el nuestro. En este
mundo, ser elegido significa simplemente ser colocado aparte, en contraste
con otros. Sabes hasta qué punto en nuestra sociedad competitiva
los elegidos son mirados con una atención especial.
Ser elegido como amado de Dios es
algo radicalmente distinto. En vez de excluir a los demás, los incluye.
En vez de rechazar a los demás como menos valiosos, los acepta en
su realidad única. No se trata de una elección competitiva,
sino compartida. ¿Cómo concienciarnos de nuestra condición
de elegidos cuando estamos rodeados de rechazos? Este hecho conlleva una
fuerte lucha espiritual. ¿Hay algo que nos pueda ayudar en esta
lucha? Voy a formular unos pocos medios.
Primero,
tienes que desenmascarar al mundo que te rodea; hacerle patente en su condición
de manipulador, dominador, ansioso de poder, y, a la larga, destructor.
El mundo te dice muchas mentiras sobre quién eres. Sé realista
y no pierdas de vista nunca esto. Siempre que te sientas herido, ofendido,
o rechazado, tienes que atreverte a decirte a ti mismo: «Estos sentimientos,
aunque sean fuertes, no me dicen la verdad sobre mí mismo. La verdad,
aunque en estos momentos no la sienta, es que soy un hijo elegido de Dios,
precioso a sus ojos, llamado el amado desde toda la eternidad y a salvo
en su abrazo eterno».
En
segundo lugar, debes buscar personas y lugares en los que tu verdad sea
dicha, y donde se te recuerde tu identidad más profunda como elegido
de Dios. Sí, debemos optar conscientemente por nuestra condición
de elegidos, y no permitir que nuestras emociones, sentimientos o pasiones
nos seduzcan y nos lleven al auto-menosprecio. Las sinagogas, las iglesias,
muchas comunidades de fe, los diferentes grupos de apoyo que nos ayudan
en nuestros momentos de debilidad, como son la familia, los amigos, los
profesores, los estudiantes, todos ellos pueden convertirse en personas
que nos recuerden nuestra verdad. El amor limitado, a veces roto, de los
que comparten nuestra condición humana, es capaz, a menudo, de orientarnos
hacía la verdad de lo que somos: preciosos a los ojos de Dios. Esta
verdad no brota simplemente del centro de nuestro ser. Ha sido revelada
también por el que nos ha elegido. Por eso debemos estar atentos
y a la escucha de muchos hombres y mujeres a lo largo de la historia. A
través de sus palabras y de sus vidas nos invitan a volver al corazón
de esa verdad.
En
tercer lugar, debemos celebrar nuestra condición de elegidos constantemente.
Eso significa decir gracias a Dios incansablemente por habernos elegido,
y gracias por recordarnos su elección. La gratitud es el camino
más fructífero para profundizar en tu convicción de
que no has sido un accidente, sino una elección divina. Es importante
que nos demos cuenta de con cuánta frecuencia hemos tenido posibilidades
de ser agradecidos y no las hemos aprovechado. Cuando alguien es amable
con nosotros, cuando algo nos sale bien, cuando se nos resuelve un problema,
cuando se restablece una amistad, cuando se cura una herida, hay razones
muy concretas para dar las gracias, ya sea con palabras, con flores, con
una carta, con una llamada telefónica, con un gesto de cariño.
Donde hay motivos para ser agradecido, siempre los hay también para
la amargura. Aquí nos enfrentamos con la libertad de tomar una decisión.
Podemos decidir ser agradecidos o amargados, reconocer nuestra condición
de elegidos, o enfocar nuestra mirada hacia nuestro lado sombrío.
Cuando
afirmamos constantemente la verdad de ser los elegidos, pronto descubrimos
dentro de nosotros un vivo deseo de revelar a los demás su propia
condición de elegidos. En vez de hacernos sentir que somos mejores,
más preciosos o más valiosos que los otros, nuestra conciencia
de ser elegidos abre nuestros ojos a la realidad de la elección
compartida con los demás. Este es el gran gozo de ser elegido: descubrir
que los demás lo han sido también. En la casa de Dios hay
muchas moradas. Hay sitio para todos, un sitio único, especial.
Una vez que hemos profundizado en nuestra condición de seres valiosísimos
a los ojos de Dios, somos capaces de reconocer esa misma cualidad en los
demás, y su sitio único en el corazón de Dios.