Por: Juan G. Lagoa González
Muchas
veces escuchamos esta palabra, pero puede darse el caso de no saber lo
que significa. Podría pensar que a la mente de cada cual llegan
innumerables ideas que pueden ser asociadas a esta palabra, pero una definición
precisa puede que no sea muy fácil de enunciar y mucho menos de
verificar su vigencia y actualidad en la propia vida. De acuerdo a la Misión
y la Visión de Estancia Corazón, Inc., cuando decimos: “Responder
al deber que tiene cada miembro de la comunidad de mejorar la calidad de
vida, sirviendo a los marginados, desaventajados, necesitados y enfermos,
valorando la dignidad humana, fomentando el respeto mutuo y la autosuficiencia,
brindando de este modo un taller y modelo de justicia, conciencia social
y compromiso;” nos estamos refiriendo particularmente a que la dignidad
de nuestro participante es la parte que recarga todo el valor del esfuerzo
y trabajo que se pueda necesitar y que merece toda la atención valiendo
el mayor sacrificio para su rescate.
Es decir que la dignidad humana contiene
una joya preciosa de inestimable valor que vale la pena cualquier sacrificio.
La dignidad proviene de un dinamismo interior que la impulsa a rechazar
el ser tratada como un objeto, como un mero medio y no como un fin.
Así pues causa molestia cuando los seres humanos son explotados,
utilizados, rechazados, denigrados abusados o ignorados. Ante la dignidad
no importa sexo, edad salud, calidad de vida o cualquier otra cualidad.
La persona humana concentra en si todo el valor del cosmos a tal punto
que uno vale lo mismo que todos y todos valen lo mismo que uno. Este valor
inapreciable no es cuantificable no desaparece ni mengua por
ninguna circunstancia.
Para los cristianos se trata
del valor de cada alma, el soplo de Dios en cada ser; un pedacito de Dios
único que habita en cada cual y que se somete a las limitaciones
y dificultades de la materia para descubrirse por su propia riqueza inapreciable
e incalculable ante su creador. Así mismo descubre la misma riqueza
en el otro y en cada cual conformando un reino de igualdad, justicia y
dignidad. Los que por la oscuridad y el peso que supone el bajar al abismo
de la ignorancia o el no reconocer la propia dignidad, y por ende, la ajena,
por las situaciones que sean, se sumen en un auto suicidio y esparcen
el antivalor pudiendo infestar a otros que no tienen clara su dignidad.
El reconocer la propia dignidad ayuda
a mejorar la calidad de vida con que vivimos y a descubrir el camino moral
por el que enaltecemos nuestra dignidad. Este reconocimiento trae consigo
el reconocimiento de la dignidad de los demás y llama la atención
por los que la pierden o no les es reconocida. Si su riqueza es innata
y no es otorgada ni puede ser retirada entonces: ¿De qué
manera se puede tratar con cada persona? Aquí viene el respeto,
ese respeto que nos debemos a nosotros mismos y se lo debemos a los demás.
El respeto es la distancia con cortejo real de un alma a otra; saludando
al Dios que vive en cada ser humano y vive en uno mismo, como se representa
en el saludo Hindú “Namasté” que simplifica y ejemplifica
el valor que tiene la divinidad que cada cual es.
Finalmente, todo ser humano en si
mismo es digno y merecedor de respeto. Entonces, en cada acción
que hagamos tenemos que buscar el bien común y maximizarlo sin dañar
a nadie. Manteniendo el respeto por las personas mantenemos la dignidad
propia y la ajena. Cultivar ambientes de comprensión, respeto y
fraternidad abonan en mejorar la calidad de vida. Estancia Corazón,
Inc., comprometida con la dignidad humana busca en todos sus proyectos,
que por medio de este taller se logre la justicia que tanto necesitan nuestros
participantes y lleguen a obtener la necesaria autosuficiencia para colaborar
con la tarea de hacer de nuestro mundo uno mejor. Reconozcamos la dignidad
propia y ayudemos a otros a reconocerla; respetemos este valor y démoslo
a respetar.