Por: Rafael Sánchez Vargas,
S. D. B.
Dios quiso que la noche de la vida,
como estrella polar fulgente y clara tu incomparable resplandor quedara
fijo sin dar jamás la despedida.
Si en sombra nuestra angustia sumergida,
no sabe a donde volverá la cara cual madre nos abraza y nos ampara
tu fulgor, esperanza bendecida.
A quien abandonado llora y pena
tú no dices adiós, amiga buena. Te quedas aliviando su desmayo.
Fiel compañera, das aliento
y calma. Tan sólo cuando se despide el alma se apaga tu amoroso
y tierno rayo.